Este verano recibí la visita de unos amigos que habían acogido durante los meses de verano a una niña saharaui de ocho años, preciosa. Estos niños vienen a España gracias a programas de acogida temporal, que se organizan con el fin de que puedan disfrutar unas vacaciones que nada tienen que ver con la vida que llevan en los campos de refugiados en pleno desierto, donde sufren todo tipo de privaciones para cubrir las necesidades más básicas. Existe cierta controversia sobre el beneficio de este "premio" a los niños, ya que hay quien piensa es como darle un caramelo durante unos meses para luego quitárselo y devolverle a la cruda realidad; un acto de sutil crueldad. Personalmente pienso que no deberíamos ser tan presuntuosos, ya que el concepto de "dar" no debe circunscribirse únicamente al ámbito económico. Creo que mi historia tiene algo de esto que trato de explicar.
Quienes hayan tenido la suerte de conocer a alguno de estos niños, habrá comprobado la enorme curiosidad e inquietud que les provoca cualquier cosa, cualquier objeto que a nuestros ojos pasa ya desapercibido: un jarrón con flores, el acuario, un despertador, incluso el agua que sale de un grifo... La niña que trajeron mis amigos se fijó en todas esas cosas, pero también le llamó la atención una figura de porcelana con forma de ratoncita sonriente que sostiene una enorme hoja a modo de cartel que reza "welcome" (bienvenida); es la hucha donde guardamos esa calderilla que a veces tanto nos molesta en los bolsillos y monederos y que no sabemos que hacer con ella. La niña la abrazó y la intentó levantar, pero sorprendida por una resistencia inesperada, preguntó:
- ¿Por qué pesa tanto?
- Porque está llena de monedas. -Le contestamos, siempre encantados de poder satisfacer su curiosidad.
La niña volvió a mirar lo que tenía entre las manos y tras un momento de reflexión, sentenció con toda naturalidad y con una gran sonrisa en la cara.:
- Entonces mejor, porque así podréis comprar mucha comida.
La inocencia de un niño tiene la capacidad de maravillarnos, pero algunas veces, también la de dejarnos realmente jodidos. Nadie dejó una moneda en la hucha pensando que nuestra supervivencia llegase a depender del dinero que allí se juntara. Vivimos una vida que creemos llena de problemas, pero en la que no nos cabe la idea de que dentro de dos días no tengamos para comprar una barra de pan. Probablemente, el dinero de esa hucha, como el de otras tantas huchas repartidas por el mundo, acabase destinado a comprar alguna de esas gilipolleces que anuncian por la televisión con la etiqueta de IMPRESCINDIBLES; "No puede faltar en ningún hogar".
Tiene narices que un niño tenga que recorrer tantos kilómetros para enseñarnos esto.
Quienes hayan tenido la suerte de conocer a alguno de estos niños, habrá comprobado la enorme curiosidad e inquietud que les provoca cualquier cosa, cualquier objeto que a nuestros ojos pasa ya desapercibido: un jarrón con flores, el acuario, un despertador, incluso el agua que sale de un grifo... La niña que trajeron mis amigos se fijó en todas esas cosas, pero también le llamó la atención una figura de porcelana con forma de ratoncita sonriente que sostiene una enorme hoja a modo de cartel que reza "welcome" (bienvenida); es la hucha donde guardamos esa calderilla que a veces tanto nos molesta en los bolsillos y monederos y que no sabemos que hacer con ella. La niña la abrazó y la intentó levantar, pero sorprendida por una resistencia inesperada, preguntó:
- ¿Por qué pesa tanto?
- Porque está llena de monedas. -Le contestamos, siempre encantados de poder satisfacer su curiosidad.
La niña volvió a mirar lo que tenía entre las manos y tras un momento de reflexión, sentenció con toda naturalidad y con una gran sonrisa en la cara.:
- Entonces mejor, porque así podréis comprar mucha comida.
La inocencia de un niño tiene la capacidad de maravillarnos, pero algunas veces, también la de dejarnos realmente jodidos. Nadie dejó una moneda en la hucha pensando que nuestra supervivencia llegase a depender del dinero que allí se juntara. Vivimos una vida que creemos llena de problemas, pero en la que no nos cabe la idea de que dentro de dos días no tengamos para comprar una barra de pan. Probablemente, el dinero de esa hucha, como el de otras tantas huchas repartidas por el mundo, acabase destinado a comprar alguna de esas gilipolleces que anuncian por la televisión con la etiqueta de IMPRESCINDIBLES; "No puede faltar en ningún hogar".
Tiene narices que un niño tenga que recorrer tantos kilómetros para enseñarnos esto.




8 comentarios:
Sí que tenemos que aprender... la de cosas de las que dependemos, los recursos que dilapidamos, y sobre todo la gente a la que dejamos en la cuneta para hacer semejantes extravagancias.
Nada mejor que convivir/conectar con esas personas.
Gracias por tu historia.
Es así; para que unos pocos podamos vivir muy bien, otros han de pasarlas "canutas". Podemos mirar para otro lado para no sentirnos mal, pero la realidad seguirá ahí.
Hola, es la primera vez que entro y ya empiezo a hacer sugerencias: ¿por qué no recogemos todas esas monedillas fastidiosas y las ingresamos en una cuenta para llevarles a los niños de los campamentos del Sahara unos regalos para Navidad? Estamos a tiempo de organizarlo. ¿Te imaginas cuánto dinero desperdiciamos de esa manera?
De los niños, de su inocencia, aprendemos mucho más de lo que creemos. También de los animales.
El ser humano adulto, se cree el bicho más inteligente. ¡Que equivocados estamos!
Hola Franziska,
Ante todo bienvenida a mi blog y muchas gracias por tu comentario. En cuanto a tu sugerencia, uf. Creo que hay multitud de campañas y organizaciones dedicadas exclusivamente a ello a las que cada uno puede hacer aportaciones para invertir en proyectos, ya sea en el Sáhara o en cuantos sitios haga falta, que por desgracia son muchos.
Ayudarles económicamente es estupendo y nunca está de más, pero creo que también deberíamos plantearnos por qué el mundo está como está y a quién habría que pedirle responsabilidades.
Un saludo.
Hola Toupeiro,
Curiosamente también los niños y los animales son demasiado a menudo los que más sufren y menos son tenidos en cuenta.
Un saludo
muy linda tu historia.
yo este sabado estuve en una fiesta solidaria pro-saharaui, hubo mercadillo, actuaciones, y lo que se recaudó iba destinado a los campamentos, se sacó bastante dinerito, ese que nos sobra y que echamos en el bolsillo o a la hucha y que a ellos les hace tanta falta...
Hola Slim,
Me alegro que te haya gustado la historia. Tenía muchas ganas de escribirla, pero es lo que pasa muchas veces; quieres expresar algo lo mejor posible, que lo aplazas porque temes "no estar a la altura".
Es una buena idea el organizar ese tipo de actividades, ya que la gente participa de manera activa, disfruta y además se obtienen beneficios que redundan en la ayuda para quien lo necesita. Desde luego que la gente que las organiza merecen todo el reconocimiento y apoyo por ese trabajo, muchas veces muy difícil, que se hace de manera desinteresada.
Un saludo.
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