La confabulación

Las cinco de la tarde. En la parada de autobús se deben rozar los 40º C a la sombra. Trato de distraerme leyendo No quisiera estar en sus zapatos, de William Irish; un título revelador; no me gustaría estar en los zapatos de alguien que tuviera que andar por esos caminos de dios bajo este calor. A los pocos minutos llega el 5; es perfecto porque me dejaría a pocos metros de mi destino. Entro animado, pago mi billete y me dispongo a buscar un asiento libre en el que disfrutar de la lectura durante el trayecto. Inmediatamente noto que aquello es un auténtico horno. El conductor, que se percata de mi resoplido, me comenta que el aire acondicionado no funciona bien (¡Ah!, ¿Pero funciona?). Me siento (de sentarse) y me siento (de sentir) como una gamba a la plancha. A pesar de no tener muy desarrollado el sentido del olfato, detecto que la combinación de calor, humanidad y recinto cerrado ha dejado marcada huella en el ambiente. Siempre he pensado que debe haber una gran confabulación secreta entre fabricantes de automóviles, petroleras, Administraciones Públicas, aseguradoras, talleres, etc... para que el transporte público sea una condena en lugar de una opción y todos nos veamos obligados ha recurrir al transporte individual. Mis compañeros de viaje son jubilados, adolescentes y mujeres de mediana edad; gente que no tendrá otra alternativa de desplazarse, sino a santo de qué iban a pasar aquella penitencia. Sucumbo a la tentación de abalanzarme sobre el pulsador para volver al exterior, que ahora me parece mucho más fresquito y aséptico; sólo he podido aguantar tres paradas. Ya no me importa tanto esperar bajo este sol de justicia a que llegue el 4, que ese es un autobús "de confianza". Finalmente, para llegar hasta el taller tuve que hacer un transbordo más, dando un rodeo y empleando más tiempo que el que tenía planeado, pero por lo menos hice un viaje humanitariamente aceptable. Salí del taller con mi coche y con ochocientos euros menos; y eso que sólo iba a una revisión - la cuarta - y que no llega a los cincuenta mil kilómetros en siete años, durmiendo siempre en garaje, que vive mejor que un marqués. Lo dicho, ahora estoy absolutamente convencido que existe tal confabulación para que todos usemos el coche; y se deben estar haciendo de oro, los muy...

Intramuros


Fotografía de Ginebra


Vivimos rodeados de muros sutiles, casi invisibles porque nos los vemos o no los queremos mirar. Pintados del color de la esperanza, nos consolamos pensando que nos dan seguridad, alimento, agua fresca, dejan pasar nuestro canto, podemos divisar donde hipotéticamente podríamos llegar con un abatir de alas y, con suerte, disfrutar algo de esa brisa que nos despeina las plumas como si voláramos en campo abierto. Los hemos hecho prolongación de nuestro cuerpo, en parte para protegernos del vértigo de la libertad, en parte para mantener a distancia nuestras miserias; para pisar firme y en seco, columpiándonos un poco para esquivar la claustrofobia. Si algún día vemos la puerta abierta, besaremos a nuestros captores; y es que no hay mejor cerrojo que el Síndrome de Estocolmo.

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La foto de la entrada de hoy me la remitió Ginebra, que además de ser una de las lectoras habituales, publica el magnífico blog Utopía. En él podemos encontrar los temas que más interesan a esta bloguera extremeña: fotografía, música, temas sociales, enseñanza, historias... todo contado con gran sensibilidad y mucho arte. Me hizo especial ilusión que se uniera a la iniciativa del intercambio fotográfico le doy las gracias por colaborar y le dedico esta entrada.

Araceli

Araceli roza los treinta años de edad, es alta, ojos azules, una tez blanca y una larga cabellera rubia recogida en una cola que le recorre la espalda. La mañana que decidió que su vocación era la de domadora de leones, descosió las gomas de toda la lencería que había en su armario y las trenzó y anudó de manera que se fabricó un látigo artesanal. Sin perder un ápice de resolución, se dirigió al zoo e, ignorando todos los carteles y advertencias, se coló en el recinto de los leones. Con la única ayuda de su látigo y de un banco de parque que había arrancado del área de descanso que está frente al lago de los patos modosos, consiguió domar a la todos los leones y al servicio de seguridad que había acudido a desalojarla. El público que presenció tal hazaña estaba totalmente entregado y la animaba entre vítores a que fuese a por los tigres; pero ella se negó porque quería especializarse en leones y punto; nada de diversificación.

Esa determinación que la hacía juntar las cejas de modo que saltaban chispas ahí donde los hindúes tienen el tercer ojo, la acompañó en el siguiente paso en su exitosa carrera profesional; hacerse empresaria, para lo cual montó su propia domaduría de leones en su barrio. Luchó con denuedo por sacar adelante aquel lugar donde las familias con menos recursos económicos pudieran llevar sus leones para ser domados utilizando las más modernas técnicas en sumisión. El local que habilitó fue el del antiguo ultramarinos en el que durante años trabajó su padre antes de jubilarse. Memorable fue aquella tarde en la que para desalojar los almacenes, Araceli se comió todo los productos que no se habían podido vender, muchos de ellos caducados y con fechas anteriores a la implantación del calendario gregoriano. Aquel espacio que durante durante décadas albergó expositores de fruta, especias, conservas y embutidos, pasó a ser una enorme jaula que Araceli construyó ella misma doblando a pulso las barras de hierro y soldándolas por medio de anatemas y blasfemias.

Aunque la competencia entre domadores era grande, Araceli se ganó la confianza de sus vecinos, que estaban encantados de depositar en ella la educación de sus fieros félidos. Era tan celosa en su trabajo que nadie sabía que métodos utilizaba para que león que pasaba por sus manos, león que acababa enderezado por la rígida escuadra de la mansedumbre; más de uno salió de allí siendo vegetariano, e incluso activista en pro de los derechos de los antílopes. Recibía cada mañana a los leones a golpe de látigo y despedía a sus amos de igual forma; siendo así, que ocho de las diez nalgas más laceradas de la ciudad habían sido responsabilidad directa de aquella punta afilada del látigo que ya era una prolongación natural de su poderoso brazo.

Treinta y seis

Cómputo de vuelta

Hoy se cumplen oficialmente seis años desde que abrí este blog y me apetece conmemorarlo por primera vez. Sí, ya, es verdad que el seis no es un número tan redondo como el uno, el cinco o los múltiplos de diez, pero el año que viene sería mucho peor porque el siete, al igual que las modelos actuales, no tiene redondeces por ningún sitio. Uf, seis años afiliado a algo creo que es una marca a considerar y, si bien el comienzo fue más que dubitativo y no le empecé a hacer demasiado caso hasta hace un par de años, este blog se ha acabado convirtiendo en un delicioso divertimento, una terapia y maravillosa forma de compartir y aprender. Pero, sin lugar a dudas, lo que más valoro de él sois vosotros; los que me dedicáis generosamente unos minutos para que aquello que escribo tenga verdadero sentido. Siempre procuro que en cada visita podáis llevaros algo de mí y que sintáis que el haber pasado por aquí haya merecido la pena. Quiero agradeceros cada visita y cada comentario que habéis hecho, transmitiéndome toda la ilusión y afecto que me hacen sentir muy afortunado.

En definitiva, os he tomado tanto, tanto, tanto cariño que me gustaría besaros en la boca e irme a vivir una temporada con cada uno vosotros; los gastos podrían ser a medias y, eso sí, preferiría dormir en camas separadas con aquellos que ronquéis o seáis en exceso rijosos.

Familia bloguera, que sepáis que se os quiere.


Pájaros en la cabeza

El Quijote - Capítulo IV y V - Segunda Parte.
Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse


De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación



[..] Atienda ese señor moro, o lo que es, a mirar lo que hace, que yo y mi señor le daremos tanto ripio a la mano en materia de aventuras y de sucesos diferentes, que pueda componer no solo segunda parte, sino ciento. [..]



Yo, señor Sansón, no pienso granjear fama de valiente, sino del mejor y más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante; y si mi señor don Quijote, obligado de mis muchos y buenos servicios, quisiere darme alguna ínsula de las muchas que su merced dice que se ha de topar por ahí, recibiré mucha merced en ello; y cuando no me la diere, nacido soy, y no ha de vivir el hombre en hoto de otro, sino de Dios[..]



[..] vivid vos, y llévese el diablo cuantos gobiernos hay en el mundo; sin gobierno salistes del vientre de vuestra madre, sin gobierno habéis vivido hasta ahora y sin gobierno os iréis, o os llevarán, a la sepultura cuando Dios fuere servido. Como esos hay en el mundo que viven sin gobierno, y no por eso dejan de vivir y de ser contados en el número de las gentes. La mejor salsa del mundo es la hambre; y como esta no falta a los pobres, siempre comen con gusto. [..]


En este comienzo de la segunda parte asistimos a un cambio de papeles, en el que Sancho se muestra mucho más entusiasta que don Quijote ante la idea de hacer una nueva salida. En apariencia el escudero apela a la promesa que en su día le dio su amo de llegar a gobernar alguna ínsula, pero personalmente me cuestiono hasta que punto es ese el verdadero motivo de las ansias de retomar los caminos. Vimos que durante toda la primera parte Sancho reunió información más que suficiente para que alguien con dos dedos de frente se percatase de la locura de don Quijote. Aún así y a pesar de todas las penalidades, manteamiento, apaleamientos, miedos y humillaciones, Sancho está más decidido que nunca a reemprender su vida como escudero. Pienso que se ha dado cuenta de que necesita esa existencia que, aunque llena de malos encuentros, es activa y alimentada por los sueños; Sancho se ha vuelto un vitalista que reniega de la vida sufrida y gris de un labrador sin aspiraciones. Así se pone de manifiesto en su diálogo con su mujer, Sancho se ha vuelto un inconformista, un rebelde, que quiere luchar porque su hija pueda hacer un buen matrimonio y la familia pueda subir en la escala social. Teresa Panza en cambio "tiene los pies en el suelo", es la imagen de lo que Sancho había sido toda su vida y la referencia para medir la evolución de éste desde que decidió unir su destino al Caballero de la Triste Figura.



Grupo de lectura de El Quijote en La Acequia

El umbral del cielo


Fotografía de Aldabra.
Monasterio de Santa María de Salzedas. Lamego (Portugal)


En algún momento de la historia secuestraron a Dios, trataron de ocultarlo, amordazarlo, ponerle una máscara para que pareciera lo que no es. Lo quisieron solo para ellos. Apartado en una fortaleza cerrada y oscura, dijeron que estaba arriba, en el cielo, pero no como metáfora de libertad, luminosidad y amplitud, sino como lejanía del ser humano. Nos hicieron creer que para llegar a él había que bajar la cabeza, arrodillarse, acallar latidos y penar en mazmorras. No os engañéis; si queréis ver el cielo, mirad hacia arriba, de donde viene la luz; una luz que a veces parece romper los tejados.


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La entrada de hoy surge de la iniciativa de Aldabra, del blog Congo y yo, donde comenta fotografías que le hacen llegar sus lectores. La idea me gustó tanto que, además de mandarle una fotografía, le pedí que ella hiciera lo mismo para completar así un intercambio. Asimismo, la adopto - la idea, no a Aldabra, que ya está criada - y todo el que quiera me puede mandar alguna foto por correo electrónico para hacer una entrada en el blog basada en ella y, si lo desea, hacer un intercambio fotográfico.

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"Al amor, al baño y a la tumba, se debe ir desnudo." Enrique Jardiel Poncela

De eso nada, monada. Que hasta para echar un polvo ya hay que hacer la lista de la compra, tener asesor o sex-trainer, pertrecharse de archiperres, ir a la moda, contratar una auditoría externa y pasar por caja. Todo es cuestión de impulsos. ¿Qué nos ha pasado para que tu piel ya me resulte insulsa si no está untada en aceites de distintos sabores (fresa), o tú no te admires de mi virilidad de no estar enfundada en un repujado y ceñido traje de cowboy? Vete a saber adonde vamos a acabar; en tu casa, en la mía, buscándonos entre tanto puñetero engranaje Hi-Tech o yendo apresurados a comprar pilas al bazar del chino a las cinco de la mañana. A todo esto, ¿Ya has pensado dónde guardarás tanto trasto?